Paseando por el chaparral de Bajil


Nos hemos escapado mi amigo Antonio Máximo y yo en este primer día de agosto al Campo de San Juan, es un día caluroso como corresponde a la época, pero ya no es tan normal lo bochornoso y húmedo que esta, con el sol velado por una calima pegajosa que no presagia nada bueno. A las puertas del restaurante dejamos el vehículo y entramos a desayunar, a pesar de la hora, o quizás por ello -son cerca de las 10 de la mañana-, hay numerosos paisanos en el local, cosa que siempre me sorprende en estos lugares tan pequeños y apartados. Antonio ha tomado algo en casa y solo se pide un café, pero yo estoy en ayunas y me pido una buena ración de tortilla de patatas, cerveza y café. Me he quedado con las ganas de probar el conejo al ajillo y la magra con tomate que lucían apetitosos sobre el mostrador. Ya más entonados, montamos las bicicletas y comenzamos nuestro paseo por el Campo de San Juan en dirección a la presa de la Risca, que retiene al río Alharabe antes de precipitarse bajo la sombra de los Cenajos y la sierra de los Álamos.


El aire es denso y caliente, húmedo e impregnado del aroma de lavanda, planta muy abundante y de la que están sembrados los campos. Si coges una en la mano y la frotas, el aroma que desprende es tal, que duele respirarlo. Desde la presa, en dirección norte, vemos el altozano que vamos a visitar en las estribaciones de la sierra del Zacatín. Se ven perfectamente en la distancia, en la parte superior de la pared, los abrigos que vamos a visitar, utilizados por los hombres desde tiempos inmemoriales. Continuamos entre campos de lavanda para acceder a la carretera del Sabinar a Benizar que tomaremos hacia la derecha en dirección a esta última población, estamos bajo los cenajos de Zaén.


A la izquierda nos sale una carreterilla que por una vaguada nos sube casi en línea recta hasta Bajil. Llegamos arriba y junto a una casa, a la sombra de unos árboles, hay un tractor y junto a él un parroquiano que parece formar parte del conjunto, como posando para un cuadro, tan inmutable como la arboleda.

-Buenos días
-¡Pusss! Seguramente lo sean...
-¿Cree usted que va a llover?
-Puede, mientras no sea piedra. Quizá algo al medio día.
-Es que el parte da tormentas para la zona
-Falta hacen

Esta parte de la conversación parece ya agotada, así que pregunto si el camino de nuestra izquierda lleva hasta las Cuevas de Zaén.

-Si señor, todo seguido, no tiene perdida

Nos vamos y el señor sigue allí, inerte e imperturbable como un elementos más del paisaje. Seguimos el camino indicado que presenta un piso en buen estado, cruzándonos con un pastor que discutía acaloradamente con algunas de sus ovejas. A nuestros pies el imponente cortado del Calar de las Cuevas y yo dominado por el vértigo junto al cantil; las piernas de gelatina, el corazón a doscientos e intentando hacer algunas fotos. Las denominadas Cuevas de Zaén no son más que unos abrigos labrados por el agua y el tiempo en la roca caliza. Volvemos sobre nuestros pasos, para en Bajil, tomar la vereda que nos llevará bajo el Cerro de las Víboras, aguas abajo de la rambla de Lucas, lugar habitado por el hombre desde el Calcolítico a la Edad del Bronce. Poblado amurallado situado estratégicamente sobre un cerro de fácil defensa, ejerciendo un férreo control sobre al paso de animales y hombres entre el Levante y la Mancha. Excavado parcialmente por el profesor Jorge Eiroa, muestra un uso habitacional de más de 4.000 años con una fuerte sociedad jerarquizada, fronteriza entre los pueblos del Algar y los del sur de Albacete. En estos lugares; por mucho que hayan estado habitados desde siempre; que sean paso obligado para hombres y ganado, no dejo de sentir una profunda soledad y todo el peso del paso del tiempo.


El poblado, vuelto a cubrir según comentarios del profesor Eiroa (Uno de los aspectos sin duda que más impacta a un arqueólogo es cuando se ve obligado a enterrar algo que ha sido descubierto por él dada la falta de recursos económicos para ello y la necesidad de priorizar en su tiempo. Sin embargo dejando a un lado las adversidades, este proyecto... puede aportar su granito de arena a la visión calcolítica de la Región de Murcia) va a ser para dos ignorantes como nosotros en temas de arqueología; "poco ilustrativo", por lo que decidimos no subir y continuar nuestro camino por la vereda, que ahora se llama de Bagil -con g-, rodeando por el oeste la meseta que contiene el chaparral que hemos venido a visitar. Nos prometemos una nueva visita, esta vez con un experto como mi amigo Ángel Luis Riquelme, que seguro estará encantado de acompañarnos, pero el esfuerzo para sacarnos, aunque sea mínimamente de nuestra ignorancia, será ciclópeo.


Subimos ahora por un camino que es un verdadero pedregal, alejándonos de la vereda hacia el este, después de haber descartado la visita al "Barco". Es la imagen de una nave pintada con trazos rojos hace 500 años a la entrada de la Cueva del Esquilo, similar a las carabelas usadas a principios del siglo XVI. El camino busca entre pequeños manantiales otro valle más pequeño y acogedor de nombre sugerente: Rincón de los Huertos, dónde se han rehabilitado algunas casas. Un pequeño arroyo lo recorre en su totalidad, rompiendo el profundo silencio con su murmullo y proporcionando frescor y riego a diminutas huertas. Nogales, higueras y parras presentan una imagen idílica con los frutos aún verdes, pero con una promesa futura de sazón. Una sensación de paz lo embarga todo. Desde los últimos caseríos el camino esta asfaltado y comunica con la carretera de Benizar al Sabinar. Pero nosotros lo abandonamos por otro a nuestra derecha, formando un giro de casi 180 grados con fuertes pendientes y un par de cancelas antes de dejarnos en pleno chaparral a 1350 metros de altura. Las hay pequeñas y grandes, algunas de cierto porte. Egoístas, quieren para ellas la meseta en exclusividad, no dejan prosperar a otras especies que no sean de la familia de encinas y sabinas, quizá algún arbusto intruso y poco más. Pinos; ni uno.



La lluvia, aunque poca, hace su aparición; son gotas gruesas, sucias de polvo africano, y hacen que desistamos de nuestra primera intención de visitar, aunque solo fuera someramente, las cuevas de los Murciguillos y La Iglesia. Nos dejemos caer hacia Zaén de Arriba, para recuperarnos del esfuerzo con hermosas, gordas y frías jaras de cerveza. Desde aquí teníamos intención de atravesar todo el Campo de San Juan casi en línea recta hasta el local donde teníamos el vehículo, pero era temprano y optamos por hacer un recorrido un poco más largo y regresar por carretera desde el Sabinar. Poco más que contar, nos espera un excelente potaje y una buena conversación entre amigos.



Mariano Vicente, a primeros de agosto del año 2017



BICIMUR - Amigos de la Bicicleta de Murcia 2006
Maquetación con Hojas de Estilo en Cascada CSS © 2005 Raúl Pérez